Cuando el cuerpo toma la palabra
Un proceso abierto...
Después de un proceso largo, lleno de caminos distintos para llegar a donde quería, hace aproximadamente seis meses me di cuenta de que algo en mí había cambiado.
Fue como si, de repente, todo empezara a brillar de un color especial. Me sentía bien, completa, al cien por cien.
Había llegado el momento de dejar de evitar ciertos sitios y fiestas. Ya no tenía miedo a una recaída por un reencuentro. Cuando volví a salir sin limitarme, sin esquivar encuentros, me di cuenta de algo inesperado: todavía había en mí un bloqueo personal, una inseguridad a la hora de moverme en el exterior.
Y eso me descolocó.
Porque después de todo el trabajo interno que había hecho, había conseguido sentirme fuerte, en paz conmigo misma, segura de quién soy. Todo se había acomodado por dentro, sin hacer ruido, sin darme cuenta.
El bloqueo ya no estaba dentro.
Y entendí que tenía que comenzar otro proceso distinto, nuevo… aunque en ese momento no sabía por dónde empezar.
Un viaje como intento de desbloqueo
En octubre de 2025 decidí hacer un viaje. Uno especial. Alquilé una camper y me fui diez días a recorrer el País Vasco francés. Otro país, otro idioma, otras carreteras.
Pensé que ese viaje me desbloquearía, sí o sí.
Volví renovada. El cambio de ritmo, la soledad elegida, el movimiento constante… todo eso me sentó bien. Pero el bloqueo seguía ahí. No era el mismo: había cambiado de forma, pero seguía presente.
Pasé una semana dándole vueltas, preguntándome cómo superarlo. Hasta que un día apareció una palabra clara, casi sin pensarla: bailar.
Cuando el cuerpo entiende antes que la cabeza
Siempre me ha gustado bailar. Siempre. Pero por circunstancias de la vida y por decisiones que, poco a poco, me fueron alejando de mí misma, nunca había aprendido de verdad. Nunca me había permitido hacerlo desde el cuerpo, sin juicio, sin miedo.
A finales de ese mes probé una clase de bachata. Y me encantó.
Algo se encendió al instante.
Desde entonces llevo casi tres meses bailando, y en enero empecé también clases de salsa.
Cada día que pasa me suelto un poco más. El miedo se hace pequeño, la rigidez se afloja y aparece el disfrute.
Volver a mí, pero diferente
Este mes, cuando he salido a bailar, me recuerdo a mí misma cuando era adolescente, cuando no me perdía una fiesta y bailaba toda la noche. A mi manera. Un poco loca. Sin técnica, pero con alma.
Hoy vuelvo a encontrarme ahí. No igual, sino más consciente. Más presente.
Y cada día que pasa, mientras bailo, me enamoro un poco más de mí.
PD: TS🤍
Hace tres años y casi nueve meses que no tengo pareja.
No la he tenido hasta ahora porque, primero que nada, necesitaba volver a conocerme.
Aceptar, abrazar y sanar cada una de mis heridas desde la infancia.
Volver a ser esa adolescente feliz, alegre y segura de sí misma, pero ahora convertida en mujer.
Necesitaba mirar mis heridas de frente, sin huir.
Abrazar a la niña y a la adolescente que fui, para reconstruirme desde ahí.
Y, sobre todo, necesitaba perdonar a la persona en la que me había convertido durante mi relación de nueve años y medio.
En segundo lugar, necesitaba empezar a construir mi vida: la que yo quería vivir, la que me hiciera feliz.
Y, por último, aprender a quererme y a disfrutar de cada instante.
Hoy soy la mujer que quiero ser.
Me amo tal y como soy, aunque esté siempre en constante mejora. A veces me reprendo por no cumplir con los tiempos que yo misma me pongo, pero la vida es una sola, y disfrutar de la gente que quiero es una de mis mayores prioridades.
Me gusta mi vida. Tuve —y tengo— la suerte de estar muy bien rodeada.
Reconozco que sigo siendo esa misma chiquilla de 18 años, pero convertida en mujer: con miles de aprendizajes y muchas más herramientas de las que tenía entonces.
También me he dado cuenta de algo: me pasa lo mismo que a los 18 años. En todo este tiempo no me ha gustado nadie ni he conseguido conectar de verdad con nadie, a pesar de haber conocido a varias personas. Y está bien.
Sigo creyendo en el amor, en la conexión, en que hay alguien compatible conmigo en algún lugar.
Mientras tanto, disfruto de mi vida, de mí misma y de la gente que quiero.
Si llega, está bien. Y si no, también está bien. Al final, la felicidad depende de uno mismo, y estar por estar no es una opción para mí.
Tengo muy claro quién soy, lo que quiero y cuáles son mis límites.
Y probablemente, para mucha gente, sea fría, insensible, maleducada y un sinfín de adjetivos negativos.
Pero les digo, con toda la sinceridad, el respeto y el amor del mundo, que me importa cero.
Porque ya me falté el respeto, me humillé, me traicioné y me autodestruí una vez… y no pienso volver a hacerlo
Ser fiel a mi misma
PD: TS🤍
Mi etapa de castigarme, hablarme mal y tratarme con dureza quedó atrás.
Han pasado casi cuatro años desde que empecé a construir mi identidad y la vida que quería para mí.
He recorrido distintos caminos, me he detenido muchas veces y he cambiado mil veces el cómo, pero nunca la dirección. Me he caído mil veces… y me he levantado mil y una más.
Y aun así, no he dejado de ser feliz ni un solo segundo —ni en lo bueno ni en lo malo.
En este camino he aprendido a escucharme, cuidarme, quererme, respetarme y expresarme. He aprendido a dejarme cuidar y a pedir ayuda cuando la necesito. He aprendido a darme lo que necesito, cuando lo necesito.
He hecho todo lo que quise y pude en estos años. Me he estado preparando para un proceso que quizá termine antes de empezar… o quizá no. No sé qué pasará, pero estoy preparada tanto para el sí como para el no. Esto no define mi vida, aunque me encantaría que sucediera.
El primer paso ya está dado. Ahora toca esperar.
Y mientras tanto, sigo con mi vida: disfrutando, viviendo y aprovechando cada día.
Hoy me entiendo, me abrazo, me quiero y me respeto. Tengo herramientas y límites claros e inquebrantables. Intento hacer las cosas lo mejor posible y sigo mejorando cada día.
Elijo el equilibrio: deseo sin aferrarme y confío sin perderme.
Cerrar, para abrir...
Soy consciente de que he hecho mil cosas mal, que muchas veces las formas no fueron las correctas y que, en el camino, también hice daño. No voy a justificar nada, hay cosas que pueden entenderse, pero jamás deben justificarse ni normalizarse.
PD: TS🤍
Días de ajuste
Justo cuando siento que estoy en un lugar firme, la vida empieza a moverse.
Estoy iniciando una etapa importante. Una decisión grande, pensada, profundamente alineada conmigo. De esas que marcan un antes y un después. Cuando das un paso así, algo interno se reorganiza, aunque por fuera todo parezca igual.
Y casi al mismo tiempo, varias cosas se activaron.
En apenas 48 horas, todo se movió.
Reaparecieron personas del pasado.
Se removieron dinámicas familiares.
Y un susto inesperado hizo que mi cuerpo entrara en alerta.
Y hoy… me siento rara.
No triste.
No desbordada.
Rara.
Como si algo por dentro estuviera buscando su nuevo lugar.
A veces creemos que todo se procesa con la mente. Pero no es así. El cuerpo también integra. El cuerpo también necesita tiempo para adaptarse a lo que la conciencia ya eligió.
Después del susto, reaccioné rápido. Dormí bien. Pero al despertar sentí una pequeña ola de angustia que duró unos minutos y se fue. No era miedo. Era descarga. Era mi sistema nervioso terminando de regularse.
Y entendí algo importante: cuando atraviesas un momento vital grande, tu cuerpo se vuelve más protector. Evalúa el entorno. Observa los vínculos. Mide la estabilidad.
Como si preguntara en silencio:
¿Es seguro?
¿Es estable?
¿Es coherente con quien soy ahora?
También he comprendido estos días que cuando eliges tu paz, no todo a tu alrededor se queda quieto. A veces, elegirte mueve estructuras. Reaparecen personas. Se activan memorias. El sistema se sensibiliza.
No porque estés haciendo algo mal.
Sino porque estás avanzando.
Cuando tomas decisiones que te acercan a la vida que quieres construir, todo tu interior revisa si lo que te rodea está alineado con esa versión de ti.
Y ahí estoy.
Observando.
Sin prisa.
Sin huir.
Sin forzar conversaciones que no tienen que ocurrir todavía.
Antes, para protegerme, tuve que alejarme de todo. Hoy no necesito hacerlo. Puedo quedarme, mirar y decidir con calma.
Sentirme rara no es retroceso. Es transición.
No estoy en caos. Estoy en reorganización.
Sigo teniendo claro que no quiero volver al pasado. Sigo sabiendo que mi paz mental es sagrada. Sigo confiando en mi capacidad de sostener conversaciones incómodas sin perderme.
Y también sé que no tengo que resolver todo al mismo tiempo.
Hay momentos para hablar.
Hay momentos para observar.
Y hay momentos para simplemente respirar y permitir que el cuerpo se regule.
Elegir la paz no significa que no haya movimiento.
Significa que, aunque todo se mueva, tú permaneces.
Y hoy, incluso sintiéndome rara, permanezco. 🤍
PD: TS🤍
La distancia que escucho
A veces me siento y me observo.
Repaso cómo vivo lo que me ocurre, cómo lo gestiono, qué siento, cómo respondo. Y en ese ejercicio íntimo de honestidad, me sorprendo. Descubro, sin adornos, que me gusta quién soy.
Los últimos seis años han sido duros. La vida me rompió para sacarme del pozo en el que yo misma me había metido. Me desarmó pieza por pieza. Y en ese desorden aprendí a reconocerme.
Rompí con mi vida anterior. La solté. La dejé caer.
Y desde los restos, construí.
Me enfrenté a mí sin huir, sin distraerme, sin anestesia. Hubo días en los que el dolor era tan grande que parecía no caber en el cuerpo. Y aun así me quedé. Lloré. Grité. Me quebré. Pero no retrocedí.
Nunca hacia atrás.
Ni siquiera para tomar impulso.
El impulso lo tomé siempre desde el lugar exacto en el que estaba. Con lo que tenía. Con lo que era. Con lo que dolía.
Aprendí a hablarme bonito.
A tratarme con respeto.
A escucharme sin juicio.
A cuidarme como se cuida aquello que se ama de verdad.
Me reconstruí desde mí.
Y en ese proceso descubrí algo más: ahora escucho lo que no se dice. Cuando alguien quiere entrar en mi vida y me habla, escucho también sus silencios. Porque muchas veces la verdad no está en las palabras, sino en la distancia entre lo que se dice y lo que se es.
Es normal que no entiendan cuando digo no. Creen que me están conquistando con palabras que ellos mismos se creen. Porque desean ser lo que dicen.
Pero de querer a ser hay una distancia.
Y esa distancia es la que escucho.
No siempre puedo explicarla. Para la otra persona resulta algo incomprensible. Pero yo ya no necesito justificar lo que siento cuando algo no me encaja.
Hoy confío en lo que percibo.
Confío en lo que siento.
Y elijo desde ahí.
Y cuando me observo, ya no busco errores que corregir, sino verdad que sostener.
Me reconozco.
Me gusto.
Y eso me da paz.