Mi presente consciente- parte 8
La voluntad sin acción no sirve de nada
Gloria Estefania Leandro Campos
2/26/20263 min read
Para este año me había propuesto varias metas.
Lo tenía todo organizado. Pero no empecé como esperaba.
Enero fue un buen mes para mí. Disfruté de las navidades y me lo tomé como un tiempo para estructurar cómo iba a conseguir todo aquello que quería. Hice una lista de mis objetivos y, en cada uno de ellos, escribí los pasos que debía dar para lograrlos.
Mi idea era ir incorporando cosas poco a poco, de forma que mis semanas tuvieran disciplina, pero también espacio para las cosas que disfruto. Diseñé una rutina equilibrada en la que estaban las obligaciones, las cosas que quería empezar a implementar poco a poco, actividades que me encantan, tiempo para mí y tiempo para compartir con las personas que quiero.
Mi rutina empezaría en febrero. Siendo realista, enero no es un buen mes para empezar disciplina para mí. Prácticamente medio mes seguimos en Navidad y yo quería disfrutar sin privarme de nada ni estar pensando en “tengo que hacer tal cosa” en lugar de estar pasando tiempo de calidad con los demás.
Aun así, en enero empecé con un objetivo que sí quería incorporar desde ya: leer por las noches y quitarle tiempo al móvil.
Pero llegó febrero.
Pensé que con la voluntad sería suficiente para empezar a ir al gimnasio otra vez, después de llevar una larga temporada sin ir. Pero la voluntad sin acción no sirve de nada.
Tenía el gimnasio elegido. Tenía claro que iría solo una hora, porque el tiempo es oro. Pero no me había inscrito en enero, y en ese gimnasio las inscripciones empiezan siempre el día 1 del mes. Eso significa que tienes que apuntarte el mes anterior.
Cuando me di cuenta, ya era tarde.
Y me enfadé conmigo misma.
Entonces aparecieron las preguntas.
¿Por qué no fui a inscribirme a tiempo?
¿Qué hizo que no tuviera la iniciativa o las ganas de ir?
Y fue ahí cuando me di cuenta de algo.
Antes de empezar a analizar qué ha fallado, hay una pregunta mucho más importante que deberíamos hacernos primero, y además con total sinceridad:
¿Las metas que te has propuesto encajan realmente con el estilo de vida que quieres?
Mi respuesta fue un claro sí.
Otra vez estaba frente a mí, respondiéndome con sinceridad, sin excusas. Esta vez fue mucho más fácil y rápido.
Entiendo que el proceso que viví, sobre todo entre 2022 y 2024, fue duro. Terminé 2024 completamente colapsada. Mi mente no podía más; estaba agotada de luchar para que mi cuerpo se moviera. Llevaba cuatro años tirando de un cuerpo enfermo que no respondía en condiciones óptimas.
Aunque terminé 2024 con mi cuerpo recuperado anímicamente, mi cabeza se había desconectado del cuerpo. Estaba agotada. No quería pensar demasiado; solo quería vivir, reír y disfrutar.
Por eso dediqué 2025 a algo que necesitaba: descansar mi mente, relajar mi cuerpo y dejar de vivir en modo alerta.
Hoy entiendo que ese proceso todavía no ha terminado. Pero eso no significa que vaya a coger otro año sabático.
Así que a mediados de febrero fui y me apunté al gimnasio.
Durante dos semanas estuve decaída, con un humor bastante rancio porque tenía que empezar el día 2 de marzo. Sin excusas. Sin aplazamientos.
Internamente estaba atravesando un berrinche de niña.
Pero la mujer que soy hoy cogió a esa niña berrinchuda de la mano y el día 2 de marzo estaba en el gimnasio.
La primera semana fue horrible. Madrugar para ir de lunes a viernes al gimnasio fue matador. Además, fui los cinco días porque me obligué a hacerlo.
Ese fin de semana hice una reflexión. Antes de escribir las cosas buenas y las malas, mi sensación era que había sido una semana nefasta. Pero cuando hice el balance, los beneficios eran mucho más positivos de lo que pensaba.
Eso cambió mi actitud para la semana siguiente. Después de esa primera semana decidí que la siguiente entrenaría dos horas, para que mi entrenamiento fuera más completo y cubriera varios aspectos: una mezcla de trabajo duro y autocuidado. No siempre es placentero, pero sí necesario para llegar a algunos de mis objetivos.
Ahora estamos en la segunda semana de marzo. Es miércoles. Llevo tres días madrugando, entrenando dos horas, cuidando la alimentación y manteniendo un poco de disciplina.
Y, por ahora, estoy bastante contenta con cómo están yendo estos primeros días.
Lo curioso es que el cambio no empezó el día que fui al gimnasio.
Empezó el día que dejé de esperar a tener ganas.
Porque muchas veces creemos que necesitamos más motivación, más fuerza de voluntad o más energía para empezar.
Pero dentro de nosotros siempre conviven muchas partes: la que quiere avanzar, la que tiene miedo, la que está cansada… y también la que a veces hace un pequeño berrinche.
La diferencia es quién decide al final.
Esta vez la mujer que soy hoy cogió a esa niña berrinchuda de la mano…
y la llevó al gimnasio.
Y ahí empezó todo.
