Cada vez que apareces en mi vida de alguna forma, ya sea porque te vea de lejos o porque descubra que has visto alguna de mis historias, vuelves a remover todo lo que un día sentí por ti.
Vuelves a despertar un pasado que creía en calma.
Ese pasado que me hacía sentir viva.
El de la persona que me quiso con mis defectos y mis virtudes.
El de quien me escuchaba sin juzgarme, sin prejuicios, simplemente estando.
Y, sin quererlo, mi mente siempre regresa al principio.
A aquel primer día en el que tu mirada se cruzó con la mía y, por un instante, el mundo pareció detenerse.
Aquel juego de "chupito o beso", cuando te arrodillaste delante de mí para convencerme de que siguiera jugando.
Yo me agaché para pedirte que te levantaras, sin darme cuenta de lo que realmente buscabas.
No entendí que, al acercarte de aquella manera, solo esperabas que yo me acercara lo suficiente para besarme.
Y ese beso nunca llegó.
La botella nunca nos eligió.
Y nosotros tampoco supimos elegir aquel momento.
Qué caprichosa puede ser la vida.
Porque no pasó aquel día… y tampoco pasó después.
A pesar de que, cada vez que nos encontrábamos, terminábamos abrazados, hablando durante horas, sintiéndonos cerca sin necesidad de decir demasiado.
Hasta que un día reuniste el valor para decirme lo que sentías.
Y yo no supe reaccionar.
Me bloqueé.
No porque no sintiera algo por ti, sino porque nunca imaginé escuchar aquellas palabras.
Cuando conseguí ordenar todo lo que estaba sintiendo… ya era demasiado tarde.
La vida siguió avanzando.
Nosotros también.
Y, casi sin darnos cuenta, nuestros caminos terminaron separándose.
Durante mucho tiempo me pregunté qué habría pasado si aquel beso hubiera existido.
Si hubiera entendido aquel gesto.
Si hubiera sabido responder cuando abriste tu corazón.
Hoy ya no busco esas respuestas.
He comprendido que hay personas que llegan para enseñarnos un tipo de amor que nunca olvidaremos, aunque no estén destinadas a quedarse.
Y quizá eso fuimos.
Una historia que nunca llegó a empezar, pero que dejó una huella imposible de borrar.
Porque hay recuerdos que no permanecen por lo que ocurrió.
Permanecen por todo aquello que pudo haber sido.
Pero nuestra historia no terminó ahí.
Tiempo después, la vida volvió a cruzar nuestros caminos.
Nos puso, una vez más, frente a frente.
Y entonces llegó nuestro primer beso.
Llegó nuestra primera vez.
Pero ya no éramos los mismos.
Habían pasado demasiadas cosas.
Habíamos cambiado.
Y, aun así, seguía existiendo ese cariño… ese amor que nunca llegó a convertirse en un nosotros.
Hicimos el amor con la misma naturalidad con la que siempre nos habíamos querido.
Sin promesas.
Sin reproches.
Sin intentar retener al otro.
Y también nos despedimos así.
Como si fuera un adiós cualquiera.
Después de aquella noche, nuestros caminos volvieron a separarse.
Sin saber que, esta vez, sí era el definitivo.
O, al menos, eso creía yo.
Pasaron varios años.
La vida siguió su curso.
Cada uno construyó la suya.
Y, cuando menos lo esperaba, volvió a cruzar nuestros caminos.
Coincidimos en una subida del Socorro.
No sé muy bien cómo ocurrió.
Solo sé que, de un momento a otro, terminamos abrazados, hablando durante horas.
Exactamente igual que antes de que nuestros caminos se separaran por primera vez.
Durante un rato olvidé todo.
Los años.
Las despedidas.
Todo lo que había pasado entre nosotros.
Incluso la vida que tenía en ese momento.
Era como si el tiempo hubiera decidido detenerse solo para regalarnos una conversación más.
Pero entonces llegó una pregunta.
Una sola.
Y bastó para devolverme a la realidad.
—¿Tienes pareja?
Asentí con la cabeza.
Y, de pronto, todo volvió a moverse.
El tiempo dejó de estar en pausa.
La realidad regresó.
Nos soltamos.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos a los ojos.
Yo no fui capaz de decir una sola palabra.
Solo asentí…
Y bajé la mirada.
Él tampoco dijo nada.
Se dio la vuelta y se marchó.
Creo que, en aquel instante, los dos entendimos lo mismo.
La vida había vuelto a cruzar nuestros caminos…
Y, una vez más, también había decidido separarlos.
Al día siguiente volví a casa como si todo lo que había vivido hubiera sido un sueño bonito.
Y seguí con mi vida.
Porque, aunque una parte de mí siempre quiso saber qué habría pasado si hubiéramos tenido la oportunidad de intentarlo de verdad, si aquel "nosotros" hubiera podido existir, había otra que pensaba que no.
En aquel momento, la relación que tenía ya estaba rota.
Pero, aun así, creía que seguir en ella era lo correcto.
No por ti.
Sino por mí.
Porque, cuando nos conocimos, yo ya estaba rota por dentro.
Sentía que nunca sería capaz de estar a la altura de tu corazón.
Pensaba que merecías a alguien mejor que yo.
Alguien que pudiera quererte como tú merecías.
Y creo que fue precisamente ese pensamiento el que me mantuvo durante tanto tiempo en aquella relación.
Hoy sé que aquella relación estaba rota desde el primer minuto.
Y que, si permití todo lo que permití, fue porque, en el fondo, creía que era lo que merecía.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era no haber vivido aquella historia contigo.
Hoy sé que no.
El verdadero problema era que yo todavía no sabía quererme lo suficiente como para marcharme del lugar donde me estaban rompiendo.
Años más tarde, aquella relación terminó.
Y, sin saberlo, fue entonces cuando comenzó la historia más importante de mi vida:
la de volver a encontrarme conmigo misma. 🤍
