Reconstruirme desde cero - Parte 2
Parte 2. Cuando el cuerpo ama por ti
Gloria Estefania Leandro Campos
2/10/20264 min read
Lo primero que tuve que hacer fue perdonarme.
Pero no podía.
No entendía por qué había permanecido tantos años en una relación en la que solo recibía migajas. Una relación que me hacía daño. No lo comprendía, sobre todo por mi forma de ser y mi carácter. Jamás me había doblegado ante nada ni ante nadie.
Empecé a leer estudios científicos e indagar en la psicología para entender qué me había pasado. No quería que volviera a suceder. Necesitaba comprender y trabajar en mí todo aquello que me había llevado a sostener ese vínculo.
Con el tiempo entendí algo clave: no me había quedado porque no viera lo que ocurría, sino porque mi sistema de apego químico me mantenía emocionalmente ligada.
Mirado en conjunto, mi experiencia encajaba casi a la perfección con este cóctel neuroquímico:
Dopamina alta → deseo y fijación.
Serotonina baja → obsesión y rumiación.
Cortisol alto → ansiedad y estado de alerta.
Oxitocina elevada → apego y confianza, incluso cuando no era prudente.
Dopamina: cuando el deseo se convierte en fijación
Uno de los protagonistas centrales de mi historia fue la dopamina.
Popularmente se la conoce como «la hormona del placer», aunque esa definición no es del todo correcta. La dopamina está mucho más relacionada con el deseo, la motivación y la anticipación de la recompensa que con el placer en sí. Es el neurotransmisor del «lo quiero», del impulso constante hacia aquello que todavía no tienes.
Cuando me enamoré, mi sistema dopaminérgico se activó con fuerza. Me sentía más viva, con más energía y profundamente enfocada en la otra persona.
Con el tiempo entendí algo clave, ampliamente demostrado por la neurociencia: la dopamina no se libera principalmente cuando obtienes lo que deseas, sino cuando anticipas que puedes conseguirlo.
Eso explica por qué mi relación se sentía tan intensa durante los momentos de incertidumbre.
¿Me escribirá?
¿Me querrá?
¿Me rechazará?
Esa ambigüedad disparaba mi dopamina mucho más que la certeza.
Este mecanismo se conoce como refuerzo variable. Está ampliamente documentado en psicología y neurociencia: las recompensas impredecibles generan una mayor activación dopaminérgica y resultan mucho más adictivas que las recompensas constantes. Es el mismo principio que utilizan las máquinas tragaperras.
Visto así, entendí por qué me había enganchado tanto a la inconsistencia de una relación de nueve años y medio: a veces presente y otras ausente; a veces cariñoso y otras frío; a veces cercano y otras distante.
No era que amara más.
Era que mi sistema de recompensa estaba constantemente activado por la incertidumbre.
Comprendí entonces que muchas veces lo que sentía no era amor estable, sino una dependencia emocional sostenida por la dopamina.
Pero la dopamina no actuaba sola.
Serotonina: la obsesión disfrazada de amor
También estaba la serotonina, relacionada con el equilibrio emocional y la regulación del estado de ánimo.
Diversos estudios muestran que, durante las primeras fases del enamoramiento, sus niveles tienden a disminuir.
Esa bajada explicaba por qué mi mente se había vuelto tan obsesiva: pensamientos intrusivos, rumiaciones constantes y dificultad para concentrarme en otras áreas de mi vida.
Más tarde descubrí que algunos estudios habían encontrado niveles de serotonina en personas recién enamoradas muy similares a los observados en personas con rasgos de trastorno obsesivo-compulsivo.
Por eso hoy puedo decir que, durante mucho tiempo, llamé «amor» a un estado de profunda desregulación emocional.
No porque el amor sea una enfermedad mental.
Sino porque el enamoramiento puede parecerse, desde el punto de vista neurobiológico, a un estado de intensa activación, ansiedad y obsesión.
Y a todo eso se sumaba el cortisol.
Cortisol: vivir en alerta constante
El cortisol es la hormona del estrés y del estado de alerta.
Cuando estaba enamorada —y, sobre todo, cuando la relación era inestable— mis niveles de cortisol permanecían elevados.
No era solo euforia.
También había tensión.
Inquietud.
Hipervigilancia.
Mi cuerpo vivía en alerta constante, como si existiera un peligro permanente.
Y, en cierto modo, así era.
Estaba exponiendo mi vulnerabilidad emocional sin sentirme realmente segura.
Mi sistema nervioso no descansaba.
Amar, en aquel contexto, también era sobrevivir.
Y, finalmente, estaba la oxitocina.
Oxitocina: el apego que nubla el juicio
La oxitocina es la hormona del apego y de la conexión.
Se libera con los abrazos, el contacto físico y los momentos de intimidad.
Era la responsable de que me sintiera cerca, protegida y «en casa» junto a esa persona.
Pero también aprendí su lado más complejo.
La oxitocina puede nublar el juicio.
Fortalece el vínculo hasta el punto de hacerte minimizar señales de alarma, justificar comportamientos dañinos o ignorar límites que deberían protegerte.
Me hacía sentir que aquella persona era segura.
No porque realmente lo fuera.
Sino porque yo estaba profundamente vinculada a ella.
Lo que cambió mi forma de entender el amor
Durante muchos años interpreté todo aquello como un amor inmenso.
Hoy entiendo que, antes que nada, estaba atravesando un estado biológico y emocional muy concreto.
Cuando nos enamoramos, nuestro cerebro entra en un estado neuroquímico que modifica la forma en la que sentimos, pensamos y percibimos la realidad.
No es magia.
No es destino.
Es biología interactuando con nuestra historia, nuestras heridas, nuestras expectativas y nuestros vínculos.
Solo con el paso del tiempo —y con la distancia suficiente— empecé a notar cómo ese estado cambiaba.
El cortisol descendió.
Mi mente comenzó a calmarse.
Y pude mirar aquella relación sin la niebla química del enamoramiento.
Comprendí que no necesitaba luchar contra mi química.
Ni avergonzarme de ella.
Necesitaba comprenderla.
Al entender cómo mi cerebro había buscado recompensa, dejé de juzgarme y empecé a cuidarme.
La claridad no borró lo vivido.
Pero cambió por completo el lugar desde el que miraba mi historia.
Ya no era una mujer arrastrada por sus impulsos.
Era una mujer capaz de observarlos, comprenderlos y decidir con conciencia.
Y desde ese lugar aprendí algo fundamental.
Sanar no consiste en apagar lo que sentimos.
Consiste en mirar con honestidad aquello que nos mueve por dentro para poder elegir, con más libertad, hacia dónde queremos ir.
Pero ese no fue el único motivo por el que permanecí tantos años.
