Reconstruirme desde cero - Parte 4

Parte 4. Mirarme desde fuera para volver a mí

Gloria Estefania Leandro Campos

2/17/20262 min read

Me di cuenta de algo que lo cambió todo.

No tenía herramientas para gestionar mis emociones.

Vivía con ansiedad constante y con un mundo interno completamente desbordado que no sabía comprender ni regular.

Funcionaba en piloto automático.

Estaba desconectada de mí misma.

No me escuchaba.

No me permitía sentir.

Y apenas era capaz de reconocer lo que ocurría dentro de mí.

Todas mis emociones terminaban saliendo de la misma manera: en forma de enfado.

El miedo.

La tristeza.

La frustración.

El dolor.

Todo acababa convirtiéndose en rabia hacia fuera, aunque esa nunca fuera la emoción que realmente había debajo.

Con el tiempo comprendí que vivía con una profunda desregulación emocional.

Había aprendido a identificar lo que sentía.

Pero nadie me había enseñado a tolerar el malestar, a calmarme sin explotar o desconectarme, ni a expresar mis emociones de una forma sana y asertiva.

Mi sistema emocional terminó convirtiéndose en un auténtico caos.

Y la ansiedad acabó instalándose como una compañera permanente.

Llevaba tantos años viviendo con ansiedad que incluso una relación que también me generaba ansiedad me parecía normal.

No sabía que existía otra manera de vivir.

Con el tiempo comprendí que llevaba años funcionando en un estado de supervivencia crónico.

Mi cuerpo permanecía en alerta constante.

Mi mente nunca descansaba.

Y mi conexión conmigo misma era cada vez más débil.

No era que no sintiera.

Era que mi sistema nervioso estaba tan saturado que había aprendido a desconectarse para protegerme.

Entonces comprendí también el verdadero papel del enfado.

Hoy sé que el enfado fue mi emoción paraguas.

Vivía enfadada.

Y ahora entiendo que tenía todo el sentido desde el punto de vista psicológico.

El enfado suele convertirse en la emoción dominante cuando otras emociones resultan demasiado vulnerables, cuando han sido aprendidas como peligrosas o cuando nunca fueron validadas durante la infancia.

Sin darme cuenta, mi mente había aprendido esta ecuación:

"Si siento algo que duele o me hace vulnerable, será más seguro convertirlo en enfado."

Pero debajo de ese enfado había mucho más.

Había miedo a volver a ser herida.

Había tristeza que nunca había podido expresar.

Había frustración acumulada durante años.

Y había una enorme necesidad de sentirme protegida.

Con el tiempo también comprendí el origen de esa desconexión emocional.

En mi casa nunca se hablaba de emociones.

Para mis padres, expresar lo que uno sentía era algo innecesario e incluso perjudicial.

Pensaban que hablar de los problemas generaba más estrés y que lo mejor era callar y seguir adelante.

Nunca recibí acompañamiento emocional.

Nunca aprendí que mis emociones eran válidas.

Y esa ausencia dejó una huella profunda.

Durante la adolescencia desarrollé una depresión.

Además, crecí con un mensaje muy claro:

"De estas cosas no se habla fuera de casa."

Aquella idea hizo que me resultara todavía más difícil expresar lo que sentía, pedir ayuda o mostrarme vulnerable siendo niña.

Hoy miro hacia atrás y entiendo que descubrir todo esto fue uno de los mayores puntos de inflexión de mi vida.

Pasé del piloto automático a la autoconciencia.

De reaccionar sin comprenderme a observarme con curiosidad y compasión.

Este proceso no ha sido fácil.

Pero ha sido profundamente transformador.

Porque fue el comienzo de mi integración emocional.

Y el inicio de una relación mucho más sana conmigo misma.