Mi proceso de sanación comenzó el día que me miré y no me reconocí
Hasta hace poco creía que mi proceso de sanación había comenzado el día que empecé a sanar mi infancia. Hoy sé que no fue así. En realidad, empezó casi tres años antes, el día que volví a mirarme con conciencia y vi a una persona que no conocía.
Sin darme cuenta, fui cediendo para encajar en la vida de quien era mi pareja en ese momento. Poco a poco, mi propia vida se fue evaporando y, con ella, mi identidad.
Ese día entendí que había perdido mi identidad, que estaba viviendo una vida que no era mía, sino la de la persona que era mi pareja en ese momento. No me gustaba quién era. No me gustaba la vida que estaba viviendo: el exceso, los tenderetes, el alcohol, la sensación constante de estar en un lugar que ya no sentía mío.
Fue como recibir una bofetada de realidad y conciencia. De pronto pude ver con claridad dónde estaba parada… y también lo lejos que me había dejado a mí. No sé en qué momento dejé de elegirme. Simplemente ocurrió.
Lo primero que pensé fue en romper la relación. Pero apareció el miedo: ¿y si me equivoco? Tal vez sea posible reconstruirla de una forma en la que yo también pueda ser feliz.
Entonces apareció una pregunta que lo cambió todo, la primera pregunta que apareció con mi proceso:
“¿Cómo vuelvo a ser yo y vivir como realmente quiero y me hace feliz, sin dejar a la persona con la que comparto ‘su vida’?”
No tenía respuestas claras. Pero sí una certeza: no podía seguir ignorándome. Mi cambio empieza en 2019.
El punto de inflexión
Un par de meses después, no recuerdo bien cómo surgió la conversación, mi madre me dijo:
— ¿Por qué no haces un ciclo sanitario?
Ese día miré las opciones que tenía y decidí inscribirme en el FP II de Técnico de Laboratorio Clínico y Biomédico. Después de inscribirme, y cuando ya sabía que realmente iba a hacerlo, se lo conté a quien era mi pareja en ese momento. Su reacción no fue positiva, pero cuando se dio cuenta de que algo había cambiado y de que la decisión estaba tomada, le pareciera bien o no, no tuvo más remedio que aceptarla.
A partir de ahí, las cosas comenzaron a transformarse poco a poco. Empecé a hacer planes propios, aunque seguía viviendo la misma vida. Cada vez se me hacía más pesado. Sentí rechazo hacia las amistades de mi pareja de entonces, y algo dentro de mí ya no encajaba como antes.
Volver a escucharme
Ahí empezó un proceso silencioso, íntimo y honesto. Comencé a soltar aquello que no resonaba conmigo. Y, sobre todo, empecé a escucharme.
Sin exigencias. Sin prisas. Sin juicios.
Empecé a hacerme preguntas sencillas, pero incómodas:
¿Cómo estás?
¿Qué necesitas ahora mismo?
¿Cómo te sientes con estas personas?
¿Con quién te gustaría estar en este momento?
¿Cómo te sientes en este lugar?
¿Dónde te gustaría estar de verdad?
Responderme no siempre fue fácil. Pero fue liberador. Porque cada respuesta traía consigo un pequeño paso hacia mí. Cada respuesta era una forma de volver a casa.
Y así, poco a poco, al escucharme… fui soltando.
Ese fue solo el inicio.
Todavía no sabía que aquel pequeño gesto de volver a escucharme terminaría cambiando toda mi vida.
Pero, por primera vez en mucho tiempo, había empezado a caminar en mi propia dirección.