Han pasado casi cuatro años desde que empecé a construir mi identidad y la vida que quería para mí.
He recorrido distintos caminos, me he detenido muchas veces y he cambiado mil veces el cómo, pero nunca la dirección. Me he caído mil veces… y me he levantado mil y una más.
Y aun así, no he dejado de ser feliz ni un solo segundo —ni en lo bueno ni en lo malo.
En este camino he aprendido a escucharme, cuidarme, quererme, respetarme y expresarme. He aprendido a dejarme cuidar y a pedir ayuda cuando la necesito. He aprendido a darme lo que necesito, cuando lo necesito.
He hecho todo lo que quise y pude en estos años. Me he estado preparando para un proceso que quizá termine antes de empezar… o quizá no. No sé qué pasará, pero estoy preparada tanto para el sí como para el no. Esto no define mi vida, aunque me encantaría que sucediera.
El primer paso ya está dado. Ahora toca esperar.
Y mientras tanto, sigo con mi vida: disfrutando, viviendo y aprovechando cada día.
Soy consciente de que he hecho mil cosas mal, que muchas veces las formas no fueron las correctas y que, en el camino, también hice daño. No voy a justificar nada, hay cosas que pueden entenderse, pero jamás deben justificarse ni normalizarse.
Mi etapa de castigarme, hablarme mal y tratarme con dureza quedó atrás. Hoy me entiendo, me abrazo, me quiero y me respeto. Tengo herramientas y límites claros e inquebrantables. Intento hacer las cosas lo mejor posible y sigo mejorando cada día.
Elijo el equilibrio: deseo sin aferrarme y confío sin perderme.
PD: TS🤍