Cuando el cuerpo toma la palabra
Un proceso abierto...
Después de un proceso largo, lleno de caminos distintos para llegar a donde quería, hace aproximadamente seis meses me di cuenta de que algo en mí había cambiado.
Fue como si, de repente, todo empezara a brillar de un color especial. Me sentía bien, completa, al cien por cien.
Había llegado el momento de dejar de evitar ciertos sitios y fiestas. Ya no tenía miedo a una recaída por un reencuentro. Cuando volví a salir sin limitarme, sin esquivar encuentros, me di cuenta de algo inesperado: todavía había en mí un bloqueo personal, una inseguridad a la hora de moverme en el exterior.
Y eso me descolocó.
Porque después de todo el trabajo interno que había hecho, había conseguido sentirme fuerte, en paz conmigo misma, segura de quién soy. Todo se había acomodado por dentro, sin hacer ruido, sin darme cuenta.
El bloqueo ya no estaba dentro.
Y entendí que tenía que comenzar otro proceso distinto, nuevo… aunque en ese momento no sabía por dónde empezar.
Un viaje como intento de desbloqueo
En octubre de 2025 decidí hacer un viaje. Uno especial. Alquilé una camper y me fui diez días a recorrer el País Vasco francés. Otro país, otro idioma, otras carreteras.
Pensé que ese viaje me desbloquearía, sí o sí.
Volví renovada. El cambio de ritmo, la soledad elegida, el movimiento constante… todo eso me sentó bien. Pero el bloqueo seguía ahí. No era el mismo: había cambiado de forma, pero seguía presente.
Pasé una semana dándole vueltas, preguntándome cómo superarlo. Hasta que un día apareció una palabra clara, casi sin pensarla: bailar.
Cuando el cuerpo entiende antes que la cabeza
Siempre me ha gustado bailar. Siempre. Pero por circunstancias de la vida y por decisiones que, poco a poco, me fueron alejando de mí misma, nunca había aprendido de verdad. Nunca me había permitido hacerlo desde el cuerpo, sin juicio, sin miedo.
A finales de ese mes probé una clase de bachata. Y me encantó.
Algo se encendió al instante.
Desde entonces llevo casi tres meses bailando, y en enero empecé también clases de salsa.
Cada día que pasa me suelto un poco más. El miedo se hace pequeño, la rigidez se afloja y aparece el disfrute.
Volver a mí, pero diferente
Este mes, cuando he salido a bailar, me recuerdo a mí misma cuando era adolescente, cuando no me perdía una fiesta y bailaba toda la noche. A mi manera. Un poco loca. Sin técnica, pero con alma.
Hoy vuelvo a encontrarme ahí. No igual, sino más consciente. Más presente.
Y cada día que pasa, mientras bailo, me enamoro un poco más de mí.
PD: TS🤍
Hace tres años y casi nueve meses que no tengo pareja.
No la he tenido hasta ahora porque, primero que nada, necesitaba volver a conocerme.
Aceptar, abrazar y sanar cada una de mis heridas desde la infancia.
Volver a ser esa adolescente feliz, alegre y segura de sí misma, pero ahora convertida en mujer.
Necesitaba mirar mis heridas de frente, sin huir.
Abrazar a la niña y a la adolescente que fui, para reconstruirme desde ahí.
Y, sobre todo, necesitaba perdonar a la persona en la que me había convertido durante mi relación de nueve años y medio.
En segundo lugar, necesitaba empezar a construir mi vida: la que yo quería vivir, la que me hiciera feliz.
Y, por último, aprender a quererme y a disfrutar de cada instante.
Hoy soy la mujer que quiero ser.
Me amo tal y como soy, aunque esté siempre en constante mejora. A veces me reprendo por no cumplir con los tiempos que yo misma me pongo, pero la vida es una sola, y disfrutar de la gente que quiero es una de mis mayores prioridades.
Me gusta mi vida. Tuve —y tengo— la suerte de estar muy bien rodeada.
Reconozco que sigo siendo esa misma chiquilla de 18 años, pero convertida en mujer: con miles de aprendizajes y muchas más herramientas de las que tenía entonces.
También me he dado cuenta de algo: me pasa lo mismo que a los 18 años. En todo este tiempo no me ha gustado nadie ni he conseguido conectar de verdad con nadie, a pesar de haber conocido a varias personas. Y está bien.
Sigo creyendo en el amor, en la conexión, en que hay alguien compatible conmigo en algún lugar.
Mientras tanto, disfruto de mi vida, de mí misma y de la gente que quiero.
Si llega, está bien. Y si no, también está bien. Al final, la felicidad depende de uno mismo, y estar por estar no es una opción para mí.
Tengo muy claro quién soy, lo que quiero y cuáles son mis límites.
Y probablemente, para mucha gente, sea fría, insensible, maleducada y un sinfín de adjetivos negativos.
Pero les digo, con toda la sinceridad, el respeto y el amor del mundo, que me importa cero.
Porque ya me falté el respeto, me humillé, me traicioné y me autodestruí una vez… y no pienso volver a hacerlo
Ser fiel a mi misma
PD: TS🤍
Mi etapa de castigarme, hablarme mal y tratarme con dureza quedó atrás.
Han pasado casi cuatro años desde que empecé a construir mi identidad y la vida que quería para mí.
He recorrido distintos caminos, me he detenido muchas veces y he cambiado mil veces el cómo, pero nunca la dirección. Me he caído mil veces… y me he levantado mil y una más.
Y aun así, no he dejado de ser feliz ni un solo segundo —ni en lo bueno ni en lo malo.
En este camino he aprendido a escucharme, cuidarme, quererme, respetarme y expresarme. He aprendido a dejarme cuidar y a pedir ayuda cuando la necesito. He aprendido a darme lo que necesito, cuando lo necesito.
He hecho todo lo que quise y pude en estos años. Me he estado preparando para un proceso que quizá termine antes de empezar… o quizá no. No sé qué pasará, pero estoy preparada tanto para el sí como para el no. Esto no define mi vida, aunque me encantaría que sucediera.
El primer paso ya está dado. Ahora toca esperar.
Y mientras tanto, sigo con mi vida: disfrutando, viviendo y aprovechando cada día.
Hoy me entiendo, me abrazo, me quiero y me respeto. Tengo herramientas y límites claros e inquebrantables. Intento hacer las cosas lo mejor posible y sigo mejorando cada día.
Elijo el equilibrio: deseo sin aferrarme y confío sin perderme.
Cerrar, para abrir...
Soy consciente de que he hecho mil cosas mal, que muchas veces las formas no fueron las correctas y que, en el camino, también hice daño. No voy a justificar nada, hay cosas que pueden entenderse, pero jamás deben justificarse ni normalizarse.
PD: TS🤍
Días de ajuste
Justo cuando siento que estoy en un lugar firme, la vida empieza a moverse.
Estoy iniciando una etapa importante. Una decisión grande, pensada, profundamente alineada conmigo. De esas que marcan un antes y un después. Cuando das un paso así, algo interno se reorganiza, aunque por fuera todo parezca igual.
Y casi al mismo tiempo, varias cosas se activaron.
En apenas 48 horas, todo se movió.
Reaparecieron personas del pasado.
Se removieron dinámicas familiares.
Y un susto inesperado hizo que mi cuerpo entrara en alerta.
Y hoy… me siento rara.
No triste.
No desbordada.
Rara.
Como si algo por dentro estuviera buscando su nuevo lugar.
A veces creemos que todo se procesa con la mente. Pero no es así. El cuerpo también integra. El cuerpo también necesita tiempo para adaptarse a lo que la conciencia ya eligió.
Después del susto, reaccioné rápido. Dormí bien. Pero al despertar sentí una pequeña ola de angustia que duró unos minutos y se fue. No era miedo. Era descarga. Era mi sistema nervioso terminando de regularse.
Y entendí algo importante: cuando atraviesas un momento vital grande, tu cuerpo se vuelve más protector. Evalúa el entorno. Observa los vínculos. Mide la estabilidad.
Como si preguntara en silencio:
¿Es seguro?
¿Es estable?
¿Es coherente con quien soy ahora?
También he comprendido estos días que cuando eliges tu paz, no todo a tu alrededor se queda quieto. A veces, elegirte mueve estructuras. Reaparecen personas. Se activan memorias. El sistema se sensibiliza.
No porque estés haciendo algo mal.
Sino porque estás avanzando.
Cuando tomas decisiones que te acercan a la vida que quieres construir, todo tu interior revisa si lo que te rodea está alineado con esa versión de ti.
Y ahí estoy.
Observando.
Sin prisa.
Sin huir.
Sin forzar conversaciones que no tienen que ocurrir todavía.
Antes, para protegerme, tuve que alejarme de todo. Hoy no necesito hacerlo. Puedo quedarme, mirar y decidir con calma.
Sentirme rara no es retroceso. Es transición.
No estoy en caos. Estoy en reorganización.
Sigo teniendo claro que no quiero volver al pasado. Sigo sabiendo que mi paz mental es sagrada. Sigo confiando en mi capacidad de sostener conversaciones incómodas sin perderme.
Y también sé que no tengo que resolver todo al mismo tiempo.
Hay momentos para hablar.
Hay momentos para observar.
Y hay momentos para simplemente respirar y permitir que el cuerpo se regule.
Elegir la paz no significa que no haya movimiento.
Significa que, aunque todo se mueva, tú permaneces.
Y hoy, incluso sintiéndome rara, permanezco. 🤍
PD: TS🤍
La distancia que escucho
A veces me siento y me observo.
Repaso cómo vivo lo que me ocurre, cómo lo gestiono, qué siento, cómo respondo. Y en ese ejercicio íntimo de honestidad, me sorprendo. Descubro, sin adornos, que me gusta quién soy.
Los últimos seis años han sido duros. La vida me rompió para sacarme del pozo en el que yo misma me había metido. Me reconstruí pieza por pieza. Y en ese desorden aprendí a reconocerme.
Rompí con mi vida anterior. La solté. La dejé caer.
Y desde los restos, construí.
Me enfrenté a mí sin huir, sin distraerme, sin anestesia. Hubo días en los que el dolor era tan grande que parecía no caber en el cuerpo. Y aun así me quedé. Lloré. Grité. Me quebré. Pero no retrocedí.
Nunca hacia atrás.
Ni siquiera para tomar impulso.
El impulso lo tomé siempre desde el lugar exacto en el que estaba. Con lo que tenía. Con lo que era. Con lo que dolía.
Aprendí a hablarme bonito.
A tratarme con respeto.
A escucharme sin juicio.
A cuidarme como se cuida aquello que se ama de verdad.
Me reconstruí desde mí.
Y en ese proceso descubrí algo más: ahora escucho lo que no se dice. Cuando alguien quiere entrar en mi vida y me habla, escucho también sus silencios. Porque muchas veces la verdad no está en las palabras, sino en la distancia entre lo que se dice y lo que se es.
Es normal que no entiendan cuando digo no. Creen que me están conquistando con palabras que ellos mismos se creen. Porque desean ser lo que dicen.
Pero de querer a ser hay una distancia.
Y esa distancia es la que escucho.
No siempre puedo explicarla. Para la otra persona resulta algo incomprensible. Pero yo ya no necesito justificar lo que siento cuando algo no me encaja.
Hoy confío en lo que percibo.
Confío en lo que siento.
Y elijo desde ahí.
Y cuando me observo, ya no busco errores que corregir, sino verdad que sostener.
Me reconozco.
Me gusto.
Y eso me da paz.
PD: TS🤍
Hoy toca noche de reflexión... ¿Por qué? Porque esta ha sido una semana que me ha costado mucho sobrellevar.
Hay días en los que el cuerpo habla antes que la mente.
Y hoy, a pesar de que las clases de baile me encantan y normalmente me llenan de energía y bienestar, he salido de ellas con ganas de llorar y los ojos encharcados.
Para mí, eso es una señal clara de que toca parar un momento y analizar qué ha pasado durante esta semana.
Para empezar, he vuelto al gimnasio. Llevo toda la semana levantándome a las 6 de la mañana para ir. He estado cuidando la alimentación (aunque reconozco que me la he saltado un poco). Han sido cinco días obligándome a levantarme temprano, comer algo nada más despertarme e ir al gimnasio sin demasiadas ganas. Aun así, cuando llego intento dar el máximo porcentaje de energía que tengo ese día, aunque muchas veces siento que podría hacer más.
Por otro lado, esta semana hubo un detonante que ha hecho que no me sienta bien. Probablemente, por mucho que uno tenga superadas, aceptadas o gestionadas ciertas cosas de la vida, hay heridas que nunca dejan de doler del todo.
Además, debido a mi estado de ánimo más bajo, no he querido obligarme al cien por cien a seguir la rutina que tenía preparada para esta semana. Y está bien escucharse, mimarse y darse tiempo; pero al mismo tiempo, no llegar al nivel que quiero me frustra y me deja desganada.
Después de escribir todo esto, me doy cuenta de que quizá tengo que empezar a gestionar de otra forma ese momento en el que entro en modo lucha: cuando mi autoexigencia choca con mi autocuidado.
Pero también quiero quedarme con lo positivo de esta semana. La ansiedad que llevaba arrastrando las semanas anteriores ha desaparecido. No siento dolor de la contractura y mi movilidad ha mejorado.
Y eso significa que, aunque mi mente no lo haya querido ver, en solo cinco días ya hay mejoras significativas para mí.
Y salir de clase de baile así, con los ojos encharcados, quizá también sea algo bueno. Tal vez significa que el baile no solo me da energía, sino que también me ayuda a soltar hacia fuera todo lo que llevo dentro.
Y quizá, a veces, eso también es avanzar.
Cinco días que mi mente no supo valorar
PD: TS🤍
Hace meses empecé a sentir un bloqueo que no sabía explicar.
No sabía exactamente de dónde venía, pero sí tenía una sensación muy clara: algo dentro de mí se había detenido.
Por eso decidí hacer un viaje que siempre había querido hacer sola. Fue una experiencia muy buena: me ayudó a reconectar conmigo misma, a escucharme y a salir de la rutina. Sin embargo, cuando volví, el bloqueo seguía ahí.
Entonces decidí apuntarme a clases de baile, algo que siempre había querido hacer. Pensé que mover el cuerpo, aprender algo nuevo y salir de mi zona de confort podría ayudarme. Y en parte lo hizo. Pero también empezó a generarme algo de estrés y frustración. Me siento rígida como un palo y, aunque creo que he avanzado, no tanto como me gustaría. A veces la autoexigencia aparece cuando una quiere hacerlo bien, y eso también forma parte del proceso.
Hace una semana tomé otra decisión: volver al gimnasio. Lo hice por algo personal que estoy empezando en mi vida. Empecé con pesas y también con clases que me ayuden a trabajar la flexibilidad y a conectar el cuerpo con la mente. Mi objetivo inicial era claro: trabajar ese bloqueo.
Durante las semanas anteriores había estado bastante ansiosa. Notaba más rigidez en el cuerpo y dolor en una contractura en el trapecio y el romboide. Incluso me despertaba por las mañanas con inflamación en esa zona y con la sensación de tener el cortisol alto, como si mi cuerpo estuviera en alerta desde primera hora del día.
Mirándolo ahora con perspectiva, parece que todo ha seguido una especie de camino. Primero detecté ese bloqueo interno difícil de identificar. Después vino el viaje sola, que me ayudó a reconectar emocionalmente conmigo misma. Luego empecé con el baile, que fue positivo, pero también despertó cierta frustración y autoexigencia. Con el tiempo aparecieron la ansiedad, la rigidez, el empeoramiento de la contractura y esa sensación de despertarme con el cuerpo en tensión.
Lo curioso es que, al añadir el gimnasio —pesas, movilidad y trabajo de flexibilidad—, he notado un cambio bastante claro. La ansiedad ha disminuido, el dolor de la contractura también, la rigidez ha bajado y esa sensación de despertarme con el cuerpo en alerta ha reducido significativamente.
Pero hay algo más que he empezado a entender recientemente.
Hay algo importante que estoy empezando a asumir en mi vida.
Un deseo.
Y también un cambio grande.
Siento que todo este proceso —el viaje, el baile, el gimnasio y el trabajo con mi cuerpo— forma parte, de alguna manera, de prepararme y reconectar conmigo misma para ese camino.
Después de escribir y de hablar sobre cómo me siento, me di cuenta de algo: probablemente ese bloqueo tiene mucho que ver con ese deseo. Es un deseo que cambiaría mi vida completamente y, sin darme cuenta, quizá lo he estado tapando pensando que lo estaba gestionando bien.
A veces creemos que estamos gestionando bien los cambios de nuestra vida.
Pero el cuerpo suele detectarlos antes que la mente.
Y es entonces cuando aparecen los bloqueos, el estrés y la ansiedad, porque el cuerpo entra en modo alerta.
Quizá todo este proceso no era tanto un bloqueo.
Quizá era simplemente mi cuerpo intentando decirme algo.
Una forma de prepararme para algo que, en el fondo, ya estaba empezando a tomar forma dentro de mí.
PD: TS🤍 09/03/2026
El día que entendí lo que mi cuerpo estaba diciendo
La voluntad sin acción no sirve de nada
Para este año me había propuesto varias metas.
Lo tenía todo organizado. Pero no empecé como esperaba.
Enero fue un buen mes para mí. Disfruté de las navidades y me lo tomé como un tiempo para estructurar cómo iba a conseguir todo aquello que quería. Hice una lista de mis objetivos y, en cada uno de ellos, escribí los pasos que debía dar para lograrlos.
Mi idea era ir incorporando cosas poco a poco, de forma que mis semanas tuvieran disciplina, pero también espacio para las cosas que disfruto. Diseñé una rutina equilibrada en la que estaban las obligaciones, las cosas que quería empezar a implementar poco a poco, actividades que me encantan, tiempo para mí y tiempo para compartir con las personas que quiero.
Mi rutina empezaría en febrero. Siendo realista, enero no es un buen mes para empezar disciplina para mí. Prácticamente medio mes seguimos en Navidad y yo quería disfrutar sin privarme de nada ni estar pensando en “tengo que hacer tal cosa” en lugar de estar pasando tiempo de calidad con los demás.
Aun así, en enero empecé con un objetivo que sí quería incorporar desde ya: leer por las noches y quitarle tiempo al móvil.
Pero llegó febrero.
Pensé que con la voluntad sería suficiente para empezar a ir al gimnasio otra vez, después de llevar una larga temporada sin ir. Pero la voluntad sin acción no sirve de nada.
Tenía el gimnasio elegido. Tenía claro que iría solo una hora, porque el tiempo es oro. Pero no me había inscrito en enero, y en ese gimnasio las inscripciones empiezan siempre el día 1 del mes. Eso significa que tienes que apuntarte el mes anterior.
Cuando me di cuenta, ya era tarde.
Y me enfadé conmigo misma.
Entonces aparecieron las preguntas.
¿Por qué no fui a inscribirme a tiempo?
¿Qué hizo que no tuviera la iniciativa o las ganas de ir?
Y fue ahí cuando me di cuenta de algo.
Antes de empezar a analizar qué ha fallado, hay una pregunta mucho más importante que deberíamos hacernos primero, y además con total sinceridad:
¿Las metas que te has propuesto encajan realmente con el estilo de vida que quieres?
Mi respuesta fue un claro sí.
Otra vez estaba frente a mí, respondiéndome con sinceridad, sin excusas. Esta vez fue mucho más fácil y rápido.
Entiendo que el proceso que viví, sobre todo entre 2022 y 2024, fue duro. Terminé 2024 completamente colapsada. Mi mente no podía más; estaba agotada de luchar para que mi cuerpo se moviera. Llevaba cuatro años tirando de un cuerpo enfermo que no respondía en condiciones óptimas.
Aunque terminé 2024 con mi cuerpo recuperado anímicamente, mi cabeza se había desconectado del cuerpo. Estaba agotada. No quería pensar demasiado; solo quería vivir, reír y disfrutar.
Por eso dediqué 2025 a algo que necesitaba: descansar mi mente, relajar mi cuerpo y dejar de vivir en modo alerta.
Hoy entiendo que ese proceso todavía no ha terminado. Pero eso no significa que vaya a coger otro año sabático.
Así que a mediados de febrero fui y me apunté al gimnasio.
Durante dos semanas estuve decaída, con un humor bastante rancio porque tenía que empezar el día 2 de marzo. Sin excusas. Sin aplazamientos.
Internamente estaba atravesando un berrinche de niña.
Pero la mujer que soy hoy cogió a esa niña berrinchuda de la mano y el día 2 de marzo estaba en el gimnasio.
La primera semana fue horrible. Madrugar para ir de lunes a viernes al gimnasio fue matador. Además, fui los cinco días porque me obligué a hacerlo.
Ese fin de semana hice una reflexión. Antes de escribir las cosas buenas y las malas, mi sensación era que había sido una semana nefasta. Pero cuando hice el balance, los beneficios eran mucho más positivos de lo que pensaba.
Eso cambió mi actitud para la semana siguiente. Después de esa primera semana decidí que la siguiente entrenaría dos horas, para que mi entrenamiento fuera más completo y cubriera varios aspectos: una mezcla de trabajo duro y autocuidado. No siempre es placentero, pero sí necesario para llegar a algunos de mis objetivos.
Ahora estamos en la segunda semana de marzo. Es miércoles. Llevo tres días madrugando, entrenando dos horas, cuidando la alimentación y manteniendo un poco de disciplina.
Y, por ahora, estoy bastante contenta con cómo están yendo estos primeros días.
Lo curioso es que el cambio no empezó el día que fui al gimnasio.
Empezó el día que dejé de esperar a tener ganas.
Porque muchas veces creemos que necesitamos más motivación, más fuerza de voluntad o más energía para empezar.
Pero dentro de nosotros siempre conviven muchas partes: la que quiere avanzar, la que tiene miedo, la que está cansada… y también la que a veces hace un pequeño berrinche.
La diferencia es quién decide al final.
Esta vez la mujer que soy hoy cogió a esa niña berrinchuda de la mano…
y la llevó al gimnasio.
Y ahí empezó todo.
PD: TS🤍 11/03/2026
Marzo fue un buen mes.
Empecé el gimnasio como quería para este año.
Tengo fecha para iniciar un deseo muy bonito.
He aprovechado y disfrutado los días.
Viví mi aventura de marzo…
y vaya que fue una aventura.
He conseguido mantener en el tiempo algo muy importante para mí: mi equilibrio.
Este mes ha estado lleno de emoción, de ilusión… y también de un miedo bonito.
De ese que aparece por momentos, te envuelve… y termina llevándote a la calma.
Con respecto al baile, aún me queda camino para llegar a mi objetivo.
Aun así, estoy contenta y, sobre todo, lo disfruto.
A veces me enfado… pero solo un poco.
Abril…
Quiero incorporar varias cosas.
Sé que tendré que organizarme mejor y apretarme un poco más.
Quiero reservar dos horas a la semana para desconectar en la naturaleza, mover el cuerpo y cuidar mi salud física y mental.
También una hora, dos días a la semana, para empezar un aprendizaje que tengo pendiente.
Algo que me encanta y que despierta varios sentidos.
Y una hora diaria para estudiar. Para construir un futuro mejor.
Hace unos años, todo esto me habría generado estrés y agobio.
Hoy no.
Hoy, gracias a la disciplina y a todo el trabajo que he hecho conmigo misma, me siento tranquila, motivada… y, sobre todo, feliz.
Hoy no vivo desde la exigencia,
vivo desde el equilibrio.
Me escucho.
Me respeto.
Me sostengo.
Ya no se trata solo de hacer, ni de llegar.
Se trata de cómo me estoy construyendo mientras avanzo.
De hacerlo desde la calma,
desde la conciencia…
y, sobre todo, desde mí.
Porque al final, todo este camino...
me lleva al mismo lugar: a mí.
PD: TS🤍 03/04/2026
Avanzando… paso a paso
Es hora de nuevos cambios, de tomar un nuevo rumbo…
sin olvidar quién soy ni hacia dónde quiero ir.
Hay momentos en los que la vida me invita a parar, a observar, a ajustar lo que ya no encaja y a redefinir lo que realmente importa.
Es momento de elegir con más conciencia,
de ser más fiel a mí,
de sostener lo que siento…
y también lo que estoy construyendo.
Porque he aprendido que la comodidad,
aunque a veces abrace,
también puede convertirse en un lugar donde dejo de crecer.
Y es justo ahí, cuando todo parece estable,
cuando siento que debo volver a moverme,
a incomodarme,
a cruzar esos límites que antes me daban miedo.
No porque sea fácil… sino porque lo necesito.
Necesito el cambio.
Necesito el movimiento.
Necesito recordarme que sigo en camino.
Porque crecer implica soltar, cuestionar, y muchas veces…
empezar de nuevo.
He pasado casi cuatro años construyendo mi identidad
y la vida que quería para mí.
Me he caído mil veces y me he levantado mil y una más.
En este viaje, aprendí que el bloqueo no siempre está fuera;
a veces el cuerpo toma la palabra y nos obliga a mirar hacia dentro.
Aprendí que viajar no siempre te desbloquea, pero bailar sí.
Al bailar, la rigidez se afloja y aparece el disfrute.
Hoy vuelvo a encontrarme con esa adolescente que bailaba con alma,
pero lo hago desde una mujer más consciente, más presente y, sobre todo, más fiel a sí misma.
Elegir crecer es también aprender a decir "no" sin culpa.
Es entender que si mi paz mental molesta a otros,
el precio de su aceptación es demasiado caro
y ya no estoy dispuesta a pagarlo.
Ya me fallé el respeto una vez y no pienso volver a hacerlo.
Y aunque a veces dude,
aunque no siempre lo haga perfecto
y me sienta "rara" en plena reorganización,
sé que cada paso me acerca más a mí.
A quien estoy siendo.
A quien estoy construyendo con tanto amor y respeto.
Elegir crecer también es elegirme a mí.
