La primera menstruación después de la operación llegó acompañada de hemorragias, dolores tan intensos que me dejaban completamente fuera de juego y una inflamación constante.
Durante los seis meses siguientes viví con sangrado continuo.
De urgencia en urgencia.
Sin respuestas claras.
Empecé a tomar medicación para intentar frenar las hemorragias y a entrenar en casa. Ir a un gimnasio era inviable. Salir de casa se convirtió en un sufrimiento psicológico. Los cólicos eran tan fuertes que las pastillas apenas conseguían aliviar el dolor.
Entrenando y fortaleciendo el cuerpo, poco a poco, conseguí que las hemorragias y los dolores se limitaran a la semana de menstruación. No desaparecieron, pero dejaron de ser constantes.
Ahí comenzó una etapa clave:
tuve que empezar a mirarme de verdad.
A priorizarme.
Los médicos no me daban una solución clara, así que empecé a estudiar e investigar por mi cuenta. Mi vida empezó a cambiar por obligación, no por elección, para poder mejorar mi calidad de vida.
Comencé a formarme en nutrición.
A cambiar ciertos hábitos alimentarios.
A investigar qué me estaba ocurriendo y qué podía hacer para reducir, o eliminar, los síntomas:
Hemorragias.
Dolor.
Inflamación.
Anemia.
Después de empezar a entrenar y notar una primera mejora, el siguiente paso fue la alimentación. Introduje alimentos antiinflamatorios, infusiones, y empecé a compensar aquellos alimentos que sabía que me generaban inflamación con otros que ayudaban a reducirla.
Y entonces llegó otra mejora.
No definitiva.
Pero real.
Mis cambios de estilo de vida empezaron a chocar de frente con la vida que había compartido hasta entonces con quien era mi pareja. Pasaban los meses y cada vez mi cuerpo respondía peor, mientras yo seguía luchando contra mí misma para sostener una vida que a él le gustaba.
Beber alcohol era como envenenarme. Terminaba vomitando, sin energía, con el cuerpo completamente apagado.
Un día me rendí.
Me dejé caer al suelo.
Estaba agotada psicológicamente y mi cuerpo ya no respondía. A pesar de haber conseguido una ligera mejoría, seguir el ritmo de vida que mi pareja quería en ese momento era, para mí, completamente imposible.
Imposible, primero, porque esa vida nunca me había gustado y hacía tiempo que había comenzado un proceso de volver a mí.
Y, segundo, porque mi problema de salud me limitaba.