Llega 2021.

He conseguido reducir los sangrados continuos y los dolores a la semana de la menstruación. Empiezo a ser un poco más estricta con la alimentación y continúo entrenando en casa. La mejoría me permite empezar a salir más y hacerlo con mayor tranquilidad.

Ese año empiezo a hacer más planes con mis amistades. Y cada vez que salgo con el grupo de amigos de quien era mi pareja, con él, me ocurre siempre lo mismo: me siento, los observo y una pregunta aparece con claridad:

¿Qué haces aquí?

Esa gente no había tenido nunca, ni tenía, nada que ver conmigo. No compartíamos valores, ni intereses, ni forma de mirar la vida. Y ya no podía seguir ignorándolo.

Empiezo a negarme a ir con ellos.

Con cada negativa llegan las discusiones.

Cada vez más frecuentes.
Más tensas.

Mi necesidad de cuidarme, de elegir dónde estar y con quién, empieza a leerse como un problema. Como algo que había que corregir.

En octubre rompo la relación.

Pero vuelvo a dar otra oportunidad.

Una más.
Una de tantas.

Recuerdo decirme en ese momento: esta es la última.

Y recuerdo también algo que hoy puedo reconocer con honestidad:

No me lo creí.

Y si ni yo misma me creía,

¿Cómo iba a tomarse en serio la otra persona mis límites?