Un mes y poco después de la pérdida llegó el COVID.

Un virus que terminó con la vida de muchas personas.
Una sociedad atravesada por el miedo.
Un parón global que detonó, y visibilizó, muchos trastornos psicológicos.

La vida se paralizó.
Y, para muchos, cambió para siempre.

A algunas personas ese parón les transformó la vida para bien.
A otras, no tanto.

En mi caso, ese freno obligado me vino bien.

Me dio espacio.
Tiempo.
Silencio.

Me permitió seguir replanteándome cada parte de mi vida.
Volver a mirarme sin distracciones.
Empezar a conocerme de verdad.
Y, poco a poco, recuperar mi fuerza y mi valentía.

Fue un proceso silencioso.
Hacia dentro.

Hubo enfados.
Frustración.
Tristeza.

Pero también hubo algo nuevo:
la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo,
no estaba huyendo de mí.

Unos meses después, ya en verano, entré a quirófano para una operación sencilla, sin trascendencia aparente.
Pero las consecuencias fueron nefastas.