Llega febrero de 2020.
Recibo un WhatsApp que me desgarra por dentro, que me arranca el alma.
Mi primera reacción es negarlo: esto no puede ser verdad.
Una llamada confirma la noticia.
Prácticamente al inicio de mi proceso, la vida me arrasa sin avisar.
El mundo se me cae encima.
Una partida.
Un duelo.
Por primera vez en mi vida, necesito que me sostengan.
Unos días después hago un viaje.
Durante esos días ocurre algo inesperado: me doy cuenta de algo de lo que no había sido consciente durante los años de mi relación con quien entonces era mi pareja.
No fue un apoyo en ese momento tan duro para mí.
Y, sorprendentemente, no me afectó.
¿Por qué?
La respuesta fue reveladora.
Nunca había sentido su apoyo real.
Durante años me había protegido colocando una barrera afectiva en la relación.
No lo había pensado así antes.
No desde la mente.
Desde la conciencia.
A veces el cuerpo y el alma se adelantan a lo que la conciencia todavía no puede aceptar.

