Después de romper la relación, lo primero que tuve que hacer fue perdonarme.


Perdonarme
por el daño que me hice al permanecer en un vínculo que me ofrecía desilusiones, decepciones y faltas de respeto.

No fue un perdón inmediato ni sencillo.
Fue un
proceso.

Mientras avanzaba en él, comencé a ordenar mi mundo interno y a mirar con honestidad algo que había evitado durante mucho tiempo: me había abandonado a mí misma para sostener la relación.

Había puesto el vínculo por delante de mí.
Silencié mis señales internas, normalicé el dolor y justifiqué ausencias que, poco a poco, me iban vaciando.

Para salir de ese autoabandono tuve que aprender a leerme desde el dolor, pero con conciencia.
Reconstruir mis límites internos.
Sostenerme sin endurecerme.
Y empezar a formar una identidad más alineada con lo que sentía y necesitaba.

Comprendí algo esencial: Ser sensible no es ser frágil. Puedo sentir profundamente sin romperme.

Entendí que la honestidad emocional empieza conmigo.
Solo después puede compartirse con los demás.

Empecé a confiar en mis señales internas y dejé de juzgarme.

Aprendí a abrazar mis decisiones, no como errores, sino como aprendizajes que me dolieron.
No para castigarlas, sino para
comprenderlas.

Entré en un proceso de integración emocional:
releí mi historia, reconstruí mi relato interno y reordené mis recuerdos.


No para borrar el pasado, sino para que dejara de gobernar mi presente.

Y así comenzó mi nuevo camino:
con pasos lentos, pero firmes;
con más verdad, más cuidado
y, sobre todo, conmigo dentro de mi propia vida.