Un día real.

Entre el autocuidado y el amor que duele, aprendiendo que la coherencia emocional vale más que la perfección.

Gloria

2/28/20262 min read

Después de estas últimas semanas en modo alerta, con mi coche operativo por fin, dejé que mi cuerpo y mi mente descansaran hasta que quisieran. 7:30 a.m. Lo mío no es dormir hasta las tantas.

Me desperté todavía un poco desequilibrada. Supongo que cuando una viene de días intensos, el cuerpo tarda en confiar de nuevo. Por eso decidí dejarme fluir a mi ritmo. Había cosas que sí o sí tenían que estar listas antes del mediodía, pero me permití hacerlas despacio, sentir y respirar.

Empecé preparando mi café y disfrutándolo sin prisas, mi ritual innegociable de cada mañana. Ese momento en el que todo aún está en silencio y el día todavía no exige nada.

Adelanté un par de cosas y después me preparé el desayuno que me apetecía: creps de huevo, leche de cabra, harina de avena y una pizca de sal. Los rellené con mi Nutella casera; hecha con leche y cacao puro y les añadí plátano y moras. Para acompañar, una infusión antiinflamatoria.

Desayuné sin pantallas, saboreando cada bocado. Fue un desayuno reconfortante, casi terapéutico. Sentía cómo volvía la energía, pero más suave, más estable.

Con las pilas recargadas, terminé lo que tenía programado. Después me dediqué a mí: ducha; ritual de la cara; limpieza, peeling, hidratación y masaje, ritual del cuerpo; hidratación y masaje. No es solo estética, son mimos.

Me puse ropa cómoda y salí a limpiar mi coche. Un poco de cariño después de haberlo estrellado contra un muro. Mientras aspiraba el coche pensaba que, al final, todo necesita eso: tiempo, cuidado y paciencia para volver a estar en su sitio.

La tarde fue familiar. Pasé un rato con mi abuela, algo que me encanta y disfruto mucho. Pero cada vez que comparto con ella vuelvo a casa llorando. Por un lado, siento felicidad por poder tenerla y disfrutarla. Por otro, me parte el alma ver en su mirada el cansancio, el dolor, la tristeza que carga. Escuchar de su boca que quiere irse ya, reencontrarse con las personas que no están con nosotros.

Admiro su fortaleza. Que, a pesar de todo, siempre tenga fuerza para reírse y moverse, prácticamente sin poder.

Y aunque la entiendo, porque debe de ser muy duro vivir cada día con dolores, depender de los demás para casi todo, duele. Duele querer que se quede y, al mismo tiempo, comprender su deseo de descansar.

Terminé mi día cenando lo que me apetecía: burritos de pollo y atún. Y escribiendo. No podía ser de otra forma.

Quizá hoy no fue un día extraordinario. Fue un día real. Con calma, con mimos, con recuerdos, con lágrimas. Un día en el que me permití sentirlo todo sin huir.

Y tal vez estar alineada no sea estar siempre en paz, sino estar en coherencia con lo que siento. Y eso, a veces, es más que suficiente.

PD: TS🤍