Dopamina: cuando el deseo se vuelve fijación
Uno de los protagonistas centrales de mi historia fue la dopamina. Popularmente se la llama “la hormona del placer”, pero eso es impreciso. La dopamina está más relacionada con el deseo, la motivación y la anticipación de la recompensa que con el placer en sí. Es el neurotransmisor del “lo quiero”, del impulso hacia algo que todavía no tienes.
Cuando me enamoré, mi sistema dopaminérgico se activó con fuerza: me sentía más viva, más energética, más enfocada en la otra persona. Con el tiempo entendí algo clave, ampliamente demostrado por la neurociencia: la dopamina no se libera principalmente cuando obtienes lo que deseas, sino cuando lo anticipas.
Eso explica por qué mi relación se sentía tan intensa en los momentos de incertidumbre. Mi cerebro reaccionaba con más fuerza cuando no sabía qué iba a pasar:
¿me escribirá?, ¿me querrá?, ¿me rechazará?
Esa ambigüedad disparaba mi dopamina mucho más que la certeza.
Este mecanismo se conoce como refuerzo variable. Está bien documentado en psicología y neurociencia: las recompensas impredecibles generan mayor activación dopaminérgica y resultan más adictivas que las recompensas constantes. Es el mismo principio que hace tan potentes a las máquinas tragaperras.
Visto así, entendí por qué me enganché tanto a la inconsistencia de una relación de nueve años y medio: a veces presente y otras ausente, a veces cariñoso y otras frío, a veces cercano y otras distante. No era que “amara más”; era que mi sistema de recompensa estaba activado por la incertidumbre.
Comprendí entonces que muchas veces lo que sentía no era amor estable, sino adicción emocional mediada por dopamina.
Pero la dopamina no actuaba sola.