Lo primero que tuve que hacer fue perdonarme.
Pero no podía.
No entendía por qué había permanecido tantos años en una relación en la que solo recibía migajas, una relación que me hacía daño. No lo comprendía, sobre todo por mi forma de ser y mi carácter: jamás me había doblegado ante nada ni ante nadie.
Empecé a leer estudios científicos e indagar desde la psicología para entender qué me había pasado. No quería que volviera a suceder. Necesitaba comprender y trabajar en mí todo aquello que me había llevado a sostener ese vínculo.
Con el tiempo entendí algo clave: no me quedé porque no viera lo que ocurría, sino porque mi sistema de apego químico me mantenía emocionalmente ligada.
Mirado en conjunto, mi experiencia encajaba casi perfectamente con este cóctel neuroquímico:
Dopamina alta → deseo y fijación.
Serotonina baja → obsesión y rumiación.
Cortisol alto → ansiedad y alerta.
Oxitocina creciente → apego y confianza, incluso cuando no era prudente.
Durante muchos años interpreté lo que vivía como “amor intenso”. Hoy entiendo que, antes que nada, estaba atravesando un estado biológico y emocional muy concreto.
Cuando te enamoras, tu cerebro entra en un estado neuroquímico particular que altera tu forma de sentir, pensar y percibir la realidad. No es magia ni destino: es biología interactuando con tu historia, tus heridas, tus expectativas y tus vínculos.
Solo con el tiempo —y con distancia— empecé a sentir cómo este estado cambiaba.
El cortisol fue bajando, mi mente se calmó, y pude mirar la relación sin la niebla química del enamoramiento.
Comprendí que no necesitaba combatir mi química ni avergonzarme de ella.
Necesitaba conocerla.
Al entender cómo mi cerebro había buscado recompensa, pude dejar de juzgarme y empezar a cuidarme. La claridad no borró lo vivido, pero sí cambió mi lugar dentro de la historia: ya no como alguien arrastrada por el impulso, sino como alguien capaz de observarlo, sostenerlo y decidir con conciencia.
Y desde ese lugar aprendí algo fundamental:
Sanar no es apagar lo que sentimos,
sino mirar con honestidad lo que nos mueve por dentro…
para elegir con más libertad hacia dónde queremos ir.
Pero ese no fue el único motivo por el que permanecí tantos años.